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Por Jean Georges Almendras desde Paraguay-9 de octubre de 2018


¿Y después de la condena de Vilmar “Neneco” Acosta  (sentenciado a 39 años de cárcel en el mes de diciembre del pasado año, por instigador) qué es lo que habrá de ocurrir en el Paraguay, a cuatro años del doble atentado cometido contra nuestro redactor Pablo Medina y contra su asistente Antonia Almada en un solitario camino de Villa Igatimi, en el departamento de Canindeyú, en la zona de Curuguaty, en Paraguay?
Pues ocurrirá lo que tiene que ocurrir: los periodistas compañeros de Pablo, de ABC Color, y de la redacción de Antimafia Dos Mil, y los periodistas paraguayos, hablarán por los medios de comunicación sobre el cobarde atentado del 16 de octubre del año 2014.

Hablarán (y hablaremos) de aquella infamia; y homenajearemos al colega y a su asistente Antonia Almada, caídos en el cumplimiento del deber de informar. Como caen todos los que de alguna forma y en alguna medida, y en algún  momento enfrentan al poder y a todos sus mecanismos extendidos en la sociedad de la cual formaban parte.
La crueldad mafiosa, cuya autoría tuvo y tiene nombres y apellidos, se dio cita aquel día para abrir una vez más sobre la tierra paraguaya el abanico de la impunidad. Esa impunidad que campea desde hace tiempo en un país saqueado por la mano criminal del narcotráfico, ya sea abrazada del poder  militar de los días de dictadura, ya sea abrazada del sistema político de los días de democracia.
Una crueldad anunciada desde los días en que toda la riqueza económica y cultural de ese maravilloso pueblo y de esa maravillosa tierra se fue desmoronando estrepitosamente a causa de la guerra de la Triple Alianza. Esa guerra infame que fue estrangulando un país referente y líder en progreso de nuestra América Latina.
El crimen organizado paraguayo y regional con sus metodologías mafiosas violentaron a una población e hicieron añicos  la democracia. Y tanto la destrozaron, que los ríos de sangre y muerte de la dictadura militar no quedaron atrás porque las libertades también fueron cercenadas y los resultados fueron trágicos a la luz de la democracia. Una democracia en la fueron asesinados muchos periodistas, como si fuera algo normal. Como si fuera algo habitual.
Y uno de ellos fue nuestro querido compañero de redacción Pablo Medina, a quien le sobreviven tres hijos, una esposa, hermanos y un padre con igual nombre que a pesar de sus años sigue fortalecido en su sed de justicia y con la fuerza de voluntad más admirable, para seguir en resistencia y en lucha, para que la verdad sea vencedora y no sea vencedora la oscuridad criminal. Esa oscuridad criminal posicionada en el Paraguay como una maldición más de las tantas que debemos soportar en nuestra América Latina.
A los cuatro años del crimen de Pablo y de su asistente Antonia, seguiremos hablando de ellos, porque nos envuelve un sentimiento de honra por los hombres y las mujeres justas, y por las causas justas.
Y hablaremos de su respectiva entrega y de los mártires del periodismo paraguayo y del periodismo regional. Y enfatizaremos de que se tiene que hacer justicia porque todo sigue igual aún condenado el ideólogo Vilmar “Neneco” Acosta, que se encuentra en la prisión de Tacumbú.
Y hablaremos y enfatizaremos, y exigiremos  que se dicte sentencie contra el sicario Flavio Acosta que está detenido en el Brasil.
Y exigiremos que se capture al sicario que aún está prófugo desde hace cuatro años. Ese sicario con nombre y apellido: Wilson Acosta.
Pero también hablaremos y plantearemos públicamente que la muerte de Pablo y de Antonia no ha sido un hecho aislado. Ha sido nada más  que una de las demostraciones de lo que hace el crimen organizado en el Paraguay. De lo que hace la narco política en el Paraguay. Porque Vilmar Acosta no es un ciudadano común, como lo es ahora. Al momento de ordenar el crimen era nada menos que un referente de la zona de Ipejhú. Era su intendente. Era un hombre del partido de gobierno. Era un político. Un político con todo lo que ello implica. Era en definitiva una pieza de un engranaje enfermo de la sociedad paraguaya. Un engranaje enfermo de un sistema político no menos enfermo. Un sistema político más prisionero de la especulación y del crimen, que de la ética del servidor público y del deseo de construir para el colectivo, para el bien de todos.
Hablaremos de todas estas cosas que se ven. De todas estas cosas que se encubren. Y de todas estas cosas que algunos (del sistema político) solo hablan una vez al año, por esa indiferencia que doblega y que a la larga se hace cómplice de la impunidad. Y porque son lagrimas de cocodrilo.
Hablaremos a los cuatro vientos.
Mientras el prófugo disfruta de su libertad y el que está preso en la cárcel  de Tacumbú, con la sonrisa de siempre, se retuerce por su destino. Y quien aguarda juicio en el Brasil, vive el día a día,  aguardando que un Tribunal Popular decida, también sobre su destino
Hablaremos a los cuatro vientos.
Del dolor de los seres queridos de Pablo y de Antonia. De la madre de Pablo que no soporto más tanto golpe y se entregó a la eternidad.
Hablaremos a los cuatro vientos.
De dos hijos de Pablo en edad adolescente y  de una esposa  en lucha por la vida; de una hija adulta   y de familia también en lucha por la vida.
De la familia de Antonia, encarando el presente y la vida a pesar a las adversidades que no han sido pocas.
Hablaremos a los cuatro vientos, a los cuatro años de un doble crimen infame.
Pero también hablaremos de lo que ha quedado en el camino además de los dolores, de los sufrimientos y de las desesperanzas. Hablaremos de los verdaderos ideólogos de tanta canallada.
Los ideólogos de un sistema pútrido. Pútrido e hipócrita. Hipócrita y criminal.
Los ideólogos que no han sido ni detenidos, ni condenados. Que están entre los hombres y las mujeres, y los jóvenes, que caminan por las calles de Asunción y los caminos rurales de la tierra paraguaya.
A los cuatro años del doble crimen, el doble crimen sigue impune. Porque el sistema criminal paraguayo sigue impune. Porque el silencio sigue en pié. Porque los ideólogos y los sicarios de otros crímenes a periodistas siguen impunes. Porque los encubridores siguen estando ahí, en sus puestos, y  firmes.
Pero no más firmes que nosotros. De nosotros que tenemos sed de justicia.
De todo eso hablaremos todos estos días en el Paraguay.
De todo eso.
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*Foto de Portada: www.ultimahora.com