13cancergargantaEL SEXO ORAL CAUSA UNO DE CADA CUATRO CÁNCERES DE GARGANTA
11-05-12
Así lo revelaron especialistas españoles, luego de realizar relevamientos en varios hospitales de ese país. El virus del HPV es el responsable del 26% de los casos
Un estudio conjunto realizado por los hospitales madrileños La Princesa, Puerta de Hierro, Ramón y Cajal y Doce de octubre demostró que, en España, uno de cada cuatro cánceres de garganta está causado por el virus del papiloma humano (HPV).
Los especialistas expusieron las conclusiones en el Congreso Europeo de Radioterapia y Oncología, que se desarrolla en Barcelona con la presencia de más de 5 mil asistentes de todo el mundo.
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RECONOCIMIENTOS
RECONOCIMIENTO 25 DE SEPTIEMBRE DE 2010

El periódico Antimafia Duemila ha sido premiado en el marco de la Semana por la legalidad / Premo Legalidad y Periodismo “Jueces Saetta – Livatino” con el siguiente motivo:

Premio Legalidad y Periodismo
“Giudici Saetta – Livatino”

Al periódico “Antimafia Duemila”
Por el estratégico rol desempeñado en el panorama de la información nacional a beneficio de la lucha a la mafia por la afirmación de los valores de Libertad, Legalidad y Justicia

Agradecemos profundamente a las asociaciones “Tecnopolis” y “Amigos del juez Livatino” por la entrega de este precioso premio que nos impulsa a seguir cumpliendo nuestro deber con la misma pasión y determinación.
Dedicamos este premio a los magistrados que están trabajando en las nuevas investigaciones sobre los atentados de los años '92 y '93. Con todo nuestro agradecimiento y apoyo con el objetivo de que puedan llegar finalmente a la verdad.

La Redacción
MEDIO AMBIENTE
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NO SOMOS IGUALES

ANTIMAFIA DUEMILA - ANTIMAFIA DUEMILA

basura“NO SOMOS TODOS IGUALES”
Por Luigi Ciotti – 4 de Diciembre de 2011 – “L’Unità”

Todos, incluso aquellos que durante años ostentaban optimismo, hoy hablan de crisis económica y de miedo al futuro.
Quienes se dedican a la solidaridad, en el territorio, en la calle lo tocan con sus propias manos desde hace tiempo y han avisado, siendo ignorados. 
Es una crisis de la que no se saldrá fácilmente. Sólo se podrá salir – a pesar de quienes, luego de haberla provocado, prometen superarla gracias a un nuevo crecimiento que está a la vuelta de la esquina - con transformaciones sociales profundas. Y, sobre todo, no cerrando los ojos. Porque la crisis no es igual para todos.
No es igual para los viejos que hurgan en los basureros y para los 200.000 compradores anuales de autos de lujo de 100.000 euros y más. No es igual para los millones de jóvenes sin trabajo o con trabajos falsos y para quienes incrementan sus ganancias multimillonarias, evadiendo todo tipo de impuestos. No es igual para quienes mueren por un trabajo en negro y peligroso por el cual cobran cuatro euros por hora y para quienes se enriquecen aprovechándose de ese trabajo. No es igual para el obrero que gana 1.000 euros al mes y para el gerente que gana más de cuatrocientas veces eso.
La crisis es una lupa que muestra incluso a quienes no quieren ver dos mundos diferentes y amplios (acompañados por una zona gris que se expande cada vez más hacia la pobreza). Dos mundos que no se hablan, donde  la parte satisfecha de la sociedad parece vivir como un problema la presencia y la visibilidad de los últimos.
Vista desde la calle la crisis no tiene nada que ver con el Producto Bruto Interno (el mítico PBI), ni con la caída de las bolsas, demasiado lejanas como para poder ser medidas y comprendidas. Vista desde la calle la crisis tiene que ver con las condiciones de vida, cada vez más difíciles, de las personas. La economía tiene sus leyes y su saber. Pero si no sirven para mejorar las condiciones de vida de las personas, son leyes y un saber inútiles.
Hablemos, entonces, de las condiciones de las personas. De siete mil millones de mujeres y hombres que habitan el planeta, dos mil millones viven - cuando viven - en condiciones de pobreza absoluta, con una renta diaria por debajo de los dos dólares (es decir de un euro y medio); quienes viven en condiciones de pobreza relativa, que luego, es la mayoría; y cada año mueren de hambre - ante la indiferencia de tantos - seis millones de niños. Con la crisis, el problema de la pobreza también se ha vuelto central en el rico Occidente.
De modo tal que en Italia, viven en condiciones de pobreza relativa (correspondiente a una renta de 983 euros mensuales para una familia de dos personas) casi ocho millones de personas; uno de tres italianos (en el Sur uno de dos) no se encuentra en condiciones de afrontar un gasto imprevisto de 700 o 750 euros al año. De cada cuatro niños uno es pobre y de cada tres jóvenes uno está desocupado. De cada cinco jóvenes uno está tan desalentado y frustrado que ha dejado de buscar trabajo. En términos de valor real los niveles de las retribuciones disminuyen, y - como ocurrió en Octubre pasado en Barletta - se puede morir por un trabajo en malas condiciones. Luego el espectro de la pobreza, que en un tiempo estaba limitado a quienes estaban privados de una ocupación, roza ya una creciente cuota de trabajadores. (...)
Frente al crecimiento del malestar existencial, se está consolidando la tendencia a remover o a gobernar de manera represiva los fenómenos de los cuales ya no se tiene más cuidado, ignorando el malestar y el sufrimiento de las personas.
Algo que ya ha ocurrido – que está ocurriendo - por la pobreza, por la marginalidad, por la desviación, por la inmigración.
El trabajo, cuando existe , está privado de su papel social y de la dignidad, incluso simbólica, de la cual gozaba mientras era reconocido como elemento esencial de nuestra identidad.
Pero un trabajo subordinado al provecho, convertido en medio para garantizar la riqueza de pocos y - en la mejor de las hipótesis - la mera subsistencia de los demás, empobrece la vida individual y la social. Junto a las relaciones humanas, el trabajo es la base de nuestra identidad. Sin el respeto de las aptitudes, de las pasiones y de la inteligencia de las personas, el trabajo no contribuye a la construcción de una sociedad, sino que a lo sumo produce “agregaciones” donde cada uno encuentra su lugar (cuando lo encuentra), no en base a sus capacidades sino a su funcionalidad, evaluada según principios de pura y simple conveniencia económica. Es el mecanismo que ha gobernado la llamada flexibilidad, concepto con el que durante años se han justificado las leyes – éstas si inflexibles - del mercado:  la disponibilidad de las personas a adaptarse a las actividades más diversas sin garantías contractuales y sin la posibilidad de hacer del trabajo el núcleo alrededor del cual construir una seguridad material y dignidad social.
Son los derechos los que garantizan la transformación del desarrollo económico en progreso social.
Por lo tanto la desigualdad, no es sólo una ofensa a su carácter sagrado, una laceración de la ética. Es una contradicción económica. La desigualdad no le conviene a nadie. 
La actual situación de crisis es la demostración de cómo un sistema fundado en la disparidad y en ganancias distribuidas de forma arbitraria termina empobreciendo a todos.
Casi siempre, a lo largo de la historia, los pobres han sido considerados un peligro y una amenaza para la sociedad y, consecuentemente, han sido encerrados o alejados. Y hubo un florecimiemto de correccionales, de hospitales, de depósitos de mendicidad, de prisiones. Nos ilusionamos con que la modernidad hubiera dado vuelta la página. No fue así, sobre todo en los últimos tiempos, en los que  incluso muchos destinos de partidos y formaciones políticas se jugaron basándose en la propaganda de ideas y proyectos de exclusión de los últimos y de los no homologados. Pienso en la cantidad de ordenanzas de intendentes de ciudades y pueblos que tienen que ver con una infinidad de comportamientos considerados alteradores del orden público, de la tranquilidad, del decoro. Pienso en la criminalización de los chicos que limpian los parabrisas, a quienes, aunque se trate de un fastidio marginal, se los ha llegado a meter presos. El problema de la sociedad se vuelve – vuelve a ser - la presencia de los últimos: los  chicos que limpian los parabrisas, y con ellos, los locos, los drogadictos, los mendigos, los ambulantes sin licencia, los vendedores de flores o pañuelos, los gitanos, los sin techo, los pordioseros, las mujeres explotadas a orillas de las calles, en una lista potencialmente sin fin. Lo que molesta a los bienpensantes ya no es la pobreza sino su visibilidad.
Los hechos son elocuentes: es impensable creer en superar la crisis total que atraviesa el país (y todo el Occidente) si no se parte de la premisa de que el valor económico es inseparable del valor social y que una economía separada de las necesidades y de las esperanzas de las personas - o sea de sus vidas - produce un sistema que no es confiable y que genera falsos valores.
Durante años nos dijeron que el “libre mercado” habría sido capaz no solo de regularse gracias a una presunta “mano invisible”, sino además de producir un efecto de cascada del cual todos se habrían beneficiado. Era – si somos un poco indulgentes - una ilusión, pero remachada con tanta insistencia que llegó a convertirse en una especie de dogma.
Los análisis que más abundan dicen que la enfermedad económica debe ser curada haciendo volver las cuentas al sonar de recortes y sacrificios que, oh casualidad, corresponden siempre al gasto público y a los servicios sociales.
Es de la única forma – dicen – que se puede volver a tomar aliento, que la gente pueda volver a consumir, y que la economía del país vuelva a ser competitiva.
Seguir adelante - querrían hacernos creer - es imposible, si no volviendo atrás, a cuando estábamos en medio de la revolución industrial y todavía estaban por llegar las conquistas del siglo pasado en materia de trabajo: dignidad, salario, seguridad, derecho a huelga, ecuánime proporción entre el tiempo de trabajo y el tiempo libre. Lujos, se nos dice, que hoy ya no podemos permitirnos, lastres de los cuales tenemos que deshacernos lo más pronto posible, si no queremos sucumbir en la carrera desenfrenada al desarrollo. Sigo creyendo en que no es así.
 

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